Por PINO
Bolivia no tiene mar.
Pero hoy, más que nunca, está navegando.
No lo hace con acero ni con bandera.
No hay astilleros en el Altiplano ni puertos en el Oriente que lo registren.
Sin embargo, en estos días, Bolivia ha enviado un barco invisible al lugar más estratégico del planeta: el estrecho de Hormuz.
Allí, entre Irán y Omán, transita cerca del 20% del petróleo mundial.
Es una franja de agua que no supera los 40 kilómetros en su punto más angosto, pero que sostiene el equilibrio energético del mundo. Cuando ese paso se tensiona —como ocurre hoy, en medio del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán— no solo se alteran las rutas marítimas: se altera el precio de la energía, la estabilidad de las economías y el destino de países enteros.
También el de Bolivia.
Ese “barco boliviano” que hoy navega Hormuz está hecho de otra materia.
Está hecho de diésel importado, de gasolina subvencionada, de dólares escasos y de decisiones políticas postergadas.
Porque Bolivia, aunque produce gas, ha perdido en las últimas décadas su capacidad de autosuficiencia en combustibles líquidos. Hoy importa cerca del 90% del diésel que consume y más de la mitad de la gasolina. Esto significa que cada barril que sube en el Golfo Pérsico repercute directamente en las finanzas del Estado boliviano.
Cuando el petróleo sube, Bolivia paga.
Y paga caro.
El Estado absorbe ese incremento mediante subsidios que, si bien sostienen la estabilidad social a corto plazo, erosionan silenciosamente la economía nacional. Cada litro que no sube en el surtidor, sube en el déficit fiscal. Cada tanque lleno en la ciudad, vacía un poco más las reservas internacionales.
Ese es el verdadero viaje del barco boliviano:
sale desde los campos de cultivo de Santa Cruz, pasa por los surtidores de La Paz, atraviesa las cuentas fiscales del Estado y termina, inevitablemente, en el estrecho de Hormuz.
Pero el impacto no es solo energético.
La guerra también proyecta su sombra sobre la política exterior. Bolivia ha mantenido, en distintos momentos, vínculos con Irán. No se trata de una relación económica determinante, pero sí simbólica y estratégica en ciertos contextos.
Hoy, ese vínculo adquiere otra dimensión.
En un mundo que vuelve a dividirse en bloques, cada relación cuenta. Y cuando uno de esos actores —Irán— se encuentra en el centro de un conflicto global, las relaciones periféricas dejan de ser neutrales. Se convierten en señales. En mensajes. En posiciones.
Bolivia, sin proponérselo necesariamente, entra en ese tablero.
Las presiones internacionales aumentan. Las sanciones se endurecen. Los márgenes de maniobra se reducen. Y lo que antes era una relación lejana, hoy puede ser interpretado como un alineamiento.
El barco boliviano no solo transporta combustible.
También transporta decisiones.
Hay una paradoja que este momento revela con claridad.
Un país sin mar depende críticamente de un estrecho lejano.
Una economía interna está condicionada por tensiones externas.
Una política soberana se ve interpelada por conflictos ajenos.
Pero quizás no sea una paradoja.
Quizás sea, simplemente, la forma en que funciona el mundo hoy.
Bolivia no envió realmente un barco a Hormuz.
Fue el mundo el que trajo Hormuz a Bolivia.
Y mientras no se comprenda esa conexión —mientras no se piense estratégicamente en energía, en inserción internacional y en sostenibilidad económica— ese barco seguirá navegando, silencioso, invisible, pero cada vez más pesado.
La pregunta ya no es si estamos en el viaje.
La pregunta es si estamos al timón.

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