Por Pino
Así decía mi madre en la década del sesenta, cuando regresaba de Buena Vista después de visitar a los parientes. Era una frase sencilla, pero cargada de sentido. En una ciudad pequeña, esas referencias lo eran todo.
El viaje terminaba en el centro. El colectivo se detenía en la esquina de “CIBO”, o en lo que más tarde sería “El Caballito”. Desde allí, si traía alguna carga, buscaba un willy. Le indicaba al chofer, con naturalidad:
—A la calle Aroma y Caballero, cerca del Tambo Cosmini.
No hacía falta más.
Al llegar, el paisaje era inconfundible. Cerca de esa dirección se extendía una zona de piezas similares, alineadas, casi idénticas, como si el tiempo se hubiera detenido allí. Eran el remanente de uno de los antiguos tambos de Santa Cruz de la Sierra.
Los tambos eran parte de la ciudad real. No de la oficial, sino de la vivida. Casas grandes transformadas en múltiples habitaciones, donde familias enteras encontraban un lugar para quedarse. Espacios compartidos, patios comunes, puertas siempre abiertas.
Allí, la vida transcurría apretada, pero cercana.
En mi vida de infancia, sobre la calle Aroma, había una casa en especial que para nosotros representaba, sin necesidad de explicaciones, lo que era “el tambo”.
Tenía una puerta grande en el centro, siempre entreabierta, como invitando a pasar. Al cruzarla, comenzaba un pasillo largo y profundo, casi como un túnel de vida, con piezas a ambos lados. En cada una vivía una familia. A veces muchas personas en un solo cuarto.
Era un mundo dentro de otro.
Íbamos allí con naturalidad. A visitar a amigos queridos, a compartir un momento, o simplemente a comprar comida casera que alguien preparaba para vender. Había movimiento constante, voces, risas, discusiones, niños corriendo. Todo sucedía en ese mismo espacio estrecho, pero lleno de vida.
Con los años entendí algo que entonces no veía.
En esas piezas, en medio de la estrechez y la falta de comodidades, crecieron personas que luego se destacarían: artistas, trabajadores públicos, hombres y mujeres que aportarían a la ciudad. El tambo no era solo precariedad. Era también origen.
Era parte de nuestra vida. No como algo excepcional, sino como algo cotidiano, aceptado, incluso querido.
Porque en medio de sus limitaciones, había cercanía. Había comunidad. Había una forma de convivir que hoy, en muchos sentidos, se ha ido perdiendo.
Con los años, aquella casa grande cambió de manos.
Nuevos dueños llegaron, y con ellos, el destino inevitable: la demolición.
El pasillo profundo desapareció. Las piezas se borraron. Las voces se apagaron.
Pero no todo se fue.
La casa de la señora Flora quedó intacta en mi memoria.
Quedó el recuerdo de sus guayabas, dulces, frescas, ofrecidas casi como un gesto de hospitalidad permanente.
Y quedaron, sobre todo, aquellas tardes en que, en una habitación que daba a la calle, se proyectaban películas de Tarzán.
Para nosotros, niños de entonces, aquello era cine. Era aventura. Era mundo.
Una sábana, una pared, una luz temblorosa… y de pronto, la selva aparecía en medio de Santa Cruz.
Hoy ya no está la casa.
Ni el tambo.
Ni aquella forma de vivir tan cercana, tan compartida.
Pero permanece algo más profundo.
Permanece la memoria de una ciudad que, con poco, supo abrir sus puertas.
Que en medio de la estrechez, generó comunidad.
Que en aquellos pasillos largos, sin proponérselo, formó vidas.
Y a veces, basta una imagen —una puerta grande, un pasillo, una guayaba en la mano, la sombra de Tarzán en una pared—
para entender que allí, en esa sencillez, también había grandeza.

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