Por PINO
Bolivia vive un momento decisivo. La salud del pueblo —ese espejo fiel de nuestro desarrollo— nos muestra con crudeza lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer. Un país que no progresa en educación, en institucionalidad y en economía, inevitablemente retrocede en salud. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Hoy nuestros indicadores siguen siendo bajos para el potencial que tenemos. Persisten una mortalidad materna y neonatal elevadas, desigualdades territoriales profundas, sistemas fragmentados, escasez de personal capacitado y un deterioro lento pero constante de la infraestructura. Pero lo más preocupante no es el presente, sino lo que puede ser el futuro si no tomamos decisiones estructurales.
La pregunta clave es sencilla y a la vez inmensa: ¿cómo construimos un país con mejores indicadores de salud en las próximas cinco décadas?
La primera condición es política y ética: salud y educación deben convertirse en políticas de Estado, no en banderas partidarias. Bolivia necesita un pacto nacional que establezca, como mandato constitucional, un financiamiento estable y creciente para ambos sectores durante los próximos 50 años. Sin ese compromiso, cualquier estrategia se diluirá en la coyuntura, como tantas veces ha ocurrido.
Un Consejo Nacional de Futuro —plural, técnico, independiente del gobierno de turno— debería vigilar cada década el cumplimiento del plan. Es imposible pensar en salud sin continuidad histórica.
La escuela boliviana debe cambiar. Mientras no reformemos la formación docente, no incorporemos pensamiento crítico ni alfabetización científica, no cerremos la brecha urbano-rural, no incorporaremos la verdadera prevención. La educación en salud empieza en la infancia: nutrición, vacunas, higiene, salud sexual y reproductiva, salud mental, hábitos de vida, cuidado del ambiente. Lo que un niño aprende a los cinco años se reflejará en la estadística de salud de dentro de treinta.
Un país educado es un país sano. Y también un país más productivo, más libre y menos vulnerable a la manipulación.
Bolivia aún basa gran parte de su esfuerzo en apagar incendios. Necesitamos girar hacia la prevención y hacia una atención primaria capaz de resolver la mayor parte de los problemas de salud.
Esto implica: Integrar público, seguridad social y privado. Historia clínica electrónica nacional. Red de centros de salud equipada y con personal estable. Políticas firmes en salud materno-infantil, enfermedades crónicas, salud mental y epidemiología moderna. Formación planificada de médicos, enfermeras, tecnólogos y salubristas para cubrir todo el territorio.
La salud no mejora con hospitales vacíos o mal gestionados, sino con un sistema coherente, cercano, humano y coordinado.
Agua potable, saneamiento, control ambiental, vivienda digna: estas son políticas de salud tanto como un quirófano. Si queremos disminuir infecciones, desnutrición y enfermedades respiratorias, debemos mirar las condiciones de vida del pueblo. La mitad de un buen plan de salud ocurre fuera del hospital.
La salud necesita financiamiento sostenible. Para ello Bolivia debe avanzar hacia una economía formal, productiva y diversificada. Eso significa: Reducir la informalidad con incentivos, no con castigos. Impulsar agroindustria, manufactura, turismo y servicios intensivos en conocimiento. Crear un clima favorable a la inversión, con instituciones estables y reglas claras.
Un Estado debilitado fiscalmente nunca podrá sostener un sistema de salud moderno.
La salud del futuro será digital, científica y colaborativa. Bolivia debe invertir en investigación —enfermedades crónicas, cáncer, Chagas, dengue—, en telemedicina, en inteligencia artificial aplicada a diagnóstico y gestión. Pero nada de esto será posible sin instituciones fuertes y sin una ética pública que combata la corrupción, el narcotráfico y el contrabando que erosionan todo esfuerzo estatal.
Como suelo repetir: no es izquierda ni derecha, es ética o corrupción. El futuro de la salud depende, en gran medida, de esta premisa.
Un verdadero plan de salud debe fijar metas cada diez años: esperanza de vida, mortalidad materna e infantil, vacunación, escolaridad, formalidad económica, acceso universal a agua y saneamiento. Y debe corregir el rumbo cuando sea necesario, con rigor técnico y transparencia.
Bolivia puede tener mejores indicadores de salud. Puede reducir la mortalidad materna, puede erradicar enfermedades, puede aumentar la esperanza de vida, puede vivir una transición epidemiológica ejemplar. Pero para lograrlo necesitamos una nueva educación, un nuevo sistema de salud, una economía sólida y —sobre todo— un compromiso ético que atraviese generaciones.
La salud del pueblo será el examen más sincero del país que decidamos construir.
Este es el momento de comenzar.