REMIENDO NUEVO

Por PINO

En tiempos de incertidumbre, las sociedades suelen reaccionar con urgencia. Frente al crimen, se despliegan operativos; frente a la violencia, se anuncian medidas; frente al escándalo, se buscan responsables. Bolivia —y particularmente Santa Cruz— no es ajena a esta lógica. Los recientes hechos de sicariato, la presencia del crimen organizado y las sombras de protección institucional han generado una comprensible reacción de alarma. Y, sin embargo, la pregunta de fondo permanece intacta: ¿estamos resolviendo el problema o simplemente conteniéndolo?

Hace siglos, se dejó una enseñanza breve pero profundamente reveladora: nadie remienda un vestido viejo con tela nueva, porque el remiendo terminará desgarrando lo anterior y el daño será mayor. No se trata de costura; se trata de entender que lo nuevo no puede sostenerse sobre estructuras debilitadas sin provocar una ruptura aún más profunda.

Hoy, esa imagen cobra una vigencia inquietante.

Cuando el crimen organizado logra penetrar espacios institucionales —cuando el dinero ilícito compra silencios, voluntades o protección— el problema deja de ser exclusivamente policial. Se convierte en un problema moral y estructural. La ley comienza a perder su fuerza, no porque no exista, sino porque deja de aplicarse con igualdad. Y allí, la inseguridad deja de ser una sensación para convertirse en una realidad cotidiana.

Frente a este escenario, la reacción inmediata es necesaria. No se puede pedir paciencia a una sociedad que sufre. Es imprescindible actuar: investigar, sancionar, reforzar controles, recuperar territorios. Ese es el “remiendo”. Y hay que decirlo con claridad: el remiendo es necesario. Permite contener el desgarro, evitar que la fractura se expanda, dar una señal de presencia del Estado.

Pero sería un error —y uno grave— confundir el remiendo con la solución.

Porque el verdadero problema no se resuelve únicamente con medidas coyunturales. Si las condiciones que permiten la corrupción y el crimen permanecen intactas, el tejido seguirá debilitándose. Cambiar nombres, endurecer discursos o multiplicar operativos no transforma, por sí solo, la estructura que hace posible la injusticia.

La historia ofrece lecciones. En los siglos XVII y XVIII, en el oriente boliviano, en Chiquitos, se intentó algo más profundo que imponer normas: formar personas. En medio de un mundo atravesado por abusos y desorden, apostaron por la educación, la cultura, la organización comunitaria y los valores. No fue un modelo perfecto, pero sí dejó una enseñanza vigente: las sociedades se transforman cuando se forma el carácter de quienes las integran.

Esa es la dimensión que no puede olvidarse.

Bolivia enfrenta hoy un desafío complejo. No solo debe combatir el delito, sino evitar que este se convierta en parte del funcionamiento aceptado de la sociedad. Y eso no se logra únicamente desde los códigos penales o los operativos policiales. Se logra, sobre todo, formando generaciones que no necesiten corromperse para avanzar, que no vean en la ilegalidad un camino legítimo, que entiendan que el éxito no puede construirse sobre la injusticia.

Educar en valores no es una consigna abstracta. Es una estrategia de país. Es sembrar una cultura donde la verdad, la responsabilidad y el bien común tengan más peso que el beneficio inmediato. Es, en definitiva, preparar el terreno para que algún día no sean necesarios los remiendos.

Pero ese día no es hoy.

Hoy, Bolivia necesita actuar con firmeza frente al crimen. Necesita límites claros, instituciones que funcionen, justicia que no negocie. Necesita, en otras palabras, remendar. Pero al mismo tiempo —y con igual urgencia— necesita mirar más allá del parche y comenzar a tejer un tejido nuevo.

Porque si solo remendamos, el desgarro volverá.

Y si solo soñamos con lo nuevo sin contener lo actual, la ruptura será mayor.

El desafío es sostener ambas cosas a la vez:
contener el presente y construir el futuro.

Ese equilibrio —difícil, exigente, pero indispensable— es el único camino para que la sociedad deje de vivir entre remiendos y pueda, finalmente, reconstruirse desde sus raíces.

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