EL CAMINO

Por Pino

Esa noche, después de sesenta años, regresé. Comprobé que la zona seguía casi igual, o casi igual, porque ya no estaba el arroyo de aguas cristalinas. Era una bajada de tierra gredosa, difícil de andar, que recorrí muchas veces en la época en que Mao realizaba su gran revolución cultural. Con un poco de agua se tornaba peligrosa y había que tener cuidado. A los lados, una vegetación abundante, aunque con árboles no demasiado altos. De un lado se distinguían algunas cruces, dibujando un pequeño cementerio. Antes de la bajada, el camino se dividía: a la derecha, decían, se iba a un cafetal.

El pequeño arroyo se cruzaba casi siempre por el lado izquierdo, sobre unas tablas que hacían de puente. Al pasarlo, comenzaba una subida empinada y corta que, al llegar a la cima, revelaba una zona de mangales a ambos lados, dejando una sombra fresca al caminante. Las primeras luces del día empezaban a asomar.

Del lado izquierdo se podía distinguir el orden y la limpieza dejados por el retiro constante de las hojas del suelo. Dos pequeñas casas techadas con hojas de motacú, y un amable señor de acento italiano que salía a recibirnos. De inmediato aparecía otro señor, también de rasgos italianos, encorvado por una enfermedad de la columna, que barría el piso con ramas improvisadas hasta dejarlo sin una sola hoja. Luego saludaba un joven, cuya compañía permanente a los dos ancianos les daba seguridad. La visita era obligada: con un café caliente de por medio, se intercambiaba una carta para el correo, o algunas telas que se entregaban a cambio de dinero, una gallina o tamarindo. Terminaba siempre con una despedida amable.

Después de caminar un poco más, dejando atrás el hermoso paisaje de la zona conocida como «de los italianos», en alusión a esos dos señores, venía otra bifurcación. Al lado derecho, de tránsito más cuidado, se pasaba frente a una «casa de teja», para diferenciarla de las casas de motacú, que eran las más numerosas. Se continuaba hasta llegar a una recta conocida como «El Cairo», sin que yo llegara a saber el motivo de ese nombre.

Ahí terminaba el camino. Entre los ladridos de los perros que salían a recibirnos, se veían plantaciones de yuca y choclo, y algunas gallinas sueltas. El sol anunciaba que el trabajo del día en el chaco estaba por comenzar. Un señor se acercaba desde la tranquera, seguido de su esposa, y nos saludaban con calidez. Luego llegaba su hija, de unos diez años, notable por la palidez de su rostro. Nos hacían pasar a su casa.

Sentados afuera, se intercambiaban telas por alguna gallina y algo de dinero en efectivo. Siempre me quedó grabada su sencillez y su respeto; pensé en ello muchas veces y todavía los llevo en la mente como ejemplo.

Pero el verdadero comienzo de ese camino era antes de todo esto, cuando una mano acariciaba mi rostro aún dormido. Al despertar, sentía la ternura de una madre que me pedía algo difícil: levantarme sin luz, vestirme y seguirla paso a paso. Salíamos con una pequeña bolsa en la mano, guiados apenas por las estrellas y la luz de la luna, mientras a lo lejos el mugido de una vaca próxima a ser ordeñada era el único signo de que alguien más estaba despierto. Mi paso, firme y constante, era como el golpe de un martillo que esculpe una piedra dura: cada pisada quedaba grabada para siempre en mi corazón de niño.

En esas caminatas, la mente inquieta se llenaba de imágenes propias —recordaba, por ejemplo, las páginas de «Genoveva de Brabante», el libro que me había regalado mi padrino de confirmación— y también de que al iniciar el recorrido, había un claro de grama que era usada de pista para un avión que conducía un sacerdote muy querido del pueblo, y pensé, no sé por qué, en aquel piloto, que había lanzado una bomba atómica en alguna guerra lejana. Ideas de niño, que se mezclaban con el paisaje.

Fueron tiempos donde forjé que el caminar de la vida exige esfuerzo y sacrificio, pero siempre con el impulso del amor.

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