Por PINO
Bolivia vive, desde mediados de mayo, uno de los episodios de conflictividad social más severos de su historia reciente. Lo que comenzó como el rechazo a una norma puntual —una ley que habilitaba la hipoteca de tierras, que el propio presidente Rodrigo Paz derogó casi de inmediato— no detuvo la escalada. Por el contrario, el pliego de reclamos se fue ampliando hasta convertirse en un pedido transversal y cada vez más radical: la renuncia del mandatario.
En pocas semanas, los puntos de bloqueo se multiplicaron por decenas en Cochabamba, La Paz, Potosí, Oruro y Santa Cruz, dejando a las principales ciudades del eje occidental al borde del desabastecimiento de combustible, alimentos y oxígeno hospitalario. Las marchas convocadas desde el Chapare por el expresidente Evo Morales —que enfrenta, además, órdenes de aprehensión pendientes vinculadas a una causa judicial— sumaron a decenas de miles de personas en su avance hacia La Paz. En el camino, no han faltado hechos de vandalismo, ataques a convoyes humanitarios y consignas que, en su versión más extrema, hablan abiertamente de «guerra civil».
El costo humano y económico es elevado. Las autoridades reportan más de una decena de personas fallecidas, varias de ellas por no haber podido llegar a tiempo a un centro de salud debido a los cercos en las rutas. Los gremios empresariales calculan pérdidas que superan los 2.000 millones de dólares, con miles de vehículos varados y comercios cerrados. A esto se suman denuncias del propio Gobierno sobre la presencia de grupos armados en algunos puntos de bloqueo y una investigación abierta sobre el financiamiento de estas movilizaciones, sin que hasta ahora exista una conclusión judicial firme al respecto.
La apuesta por el diálogo
Frente a este escenario, la respuesta del presidente Paz se ha condensado en una sola palabra, repetida una y otra vez: diálogo. Su Gobierno optó por negociar sector por sector —cooperativistas mineros, maestros, organizaciones laborales regionales— y cerrar acuerdos puntuales que fueron destrabando bloqueos en departamentos como Chuquisaca y Potosí. Al mismo tiempo, instruyó a policías y militares a actuar de forma «disuasiva, sin armamento» en las rutas, y descartó, al menos hasta ahora, negociar directamente con el sector liderado por Morales.
Los resultados de esa estrategia son mixtos. Según reportes oficiales recientes, el número de cortes de ruta bajó de cerca de 90 a poco más de 70 en pocos días, con más de veinte puntos levantados en una sola jornada gracias a acuerdos regionales. Pero en el corazón cocalero de Cochabamba, dirigentes cercanos a Morales han endurecido su postura y advierten que pueden sostener los bloqueos durante meses, incluso un año, mientras rechazan de plano cualquier mesa de negociación. Paz, por su parte, promulgó una ley que regula el estado de excepción —una herramienta que mantiene en reserva— y ha insistido en que completará su mandato hasta 2030, contando además con expresiones de respaldo de Estados Unidos y de otros gobiernos de la región.
Una estrategia que divide opiniones
La paciencia presidencial tiene defensores y detractores. Para quienes la respaldan, el diálogo ha evitado una represión que habría agravado aún más la crisis y ha demostrado, en los hechos, que buena parte de los sectores movilizados sí tiene incentivos para negociar cuando se les ofrecen respuestas concretas. La reducción efectiva de bloqueos en varios departamentos sería, en esta lectura, la prueba de que la fórmula funciona, aunque sea de manera gradual y desigual.
Para los críticos, en cambio, «diálogo, diálogo, diálogo» puede convertirse en una forma elegante de describir la inacción mientras el país acumula muertos y pérdidas económicas multimillonarias. Sectores empresariales han reclamado mayor firmeza del Estado para garantizar la libre circulación. Y desde el otro extremo del espectro, simpatizantes de Morales y del ala más combativa del campesinado sostienen que sus demandas responden a una crisis económica real —no solo a una maniobra política— y denuncian que las acusaciones gubernamentales sobre financiamiento irregular o infiltración armada buscan deslegitimar una protesta social legítima, en un contexto donde además pesan sobre el expresidente causas judiciales que sus seguidores califican de persecución política.
Una crisis que probablemente no se resuelve solo con paciencia
Lo que esta crisis deja en evidencia es que el diálogo funciona mejor cuando existen interlocutores dispuestos a negociar reclamos concretos —y eso explica los avances en Chuquisaca, Potosí o entre ciertos gremios— pero encuentra su límite cuando el conflicto deja de ser sobre una política específica y se convierte en una disputa sobre la legitimidad misma del Gobierno. En ese terreno, ningún acuerdo sectorial sustituye a una negociación política de fondo.
La pregunta que queda abierta para Bolivia no es si el diálogo es preferible a la confrontación —difícilmente alguien lo discutiría—, sino si la insistencia en esa palabra, sin una hoja de ruta política más amplia que aborde tanto las demandas económicas de los sectores movilizados como la crisis de gobernabilidad de fondo, alcanza para evitar que el país siga deslizándose hacia un desgaste que, tarde o temprano, termina pagando toda la población.







