Con mucho cariño, mi amigo y colega del Hospital Japonés, el Dr. Juan Carlos Antelo Salmón, comenzó un día a llamarme “Dr. Colati”. Al principio no comprendía el motivo de aquella transformación de mi apellido, hasta que me explicó que provenía de un recuerdo de su hermana, María Eugenia Antelo Salmón, quien fuera mi profesora en el Kinder “Ana Barba”, ubicado entonces —a inicios de la década de 1960— en la esquina de las calles Aroma y Arenales, allí donde pasaba el antiguo Río Telchi y unos troncos de madera permitían cruzar de una acera a otra, entre el kínder y la casa de la familia Pittari.
La profesora le había contado que, cuando me preguntaban mi nombre siendo apenas un niño, yo respondía inocentemente: “Pedito Colati”.
Pasaron los años, y fue creciendo en mí el deseo de reencontrarme con aquella maestra de la infancia, guardiana silenciosa de nuestros primeros pasos en la vida. Hasta que esta mañana, mi querido amigo Juan Carlos me llamó para invitarme a visitar a su hermana.
Llegué aproximadamente a las once de la mañana a su casa, en la esquina de Tarija y Saavedra. Desde afuera observé la bandera de Santa Cruz flameando permanentemente, como un símbolo de identidad y amor profundo por esta tierra. Al ingresar, el patio, adornado con plantas y flores, me transportó inmediatamente a aquellos patios antiguos de Santa Cruz, semejantes a los que rodeaban el Kinder “Ana Barba” de mi niñez.
La profesora estaba sentada en la mesa de su sala con su rostro mostrando sus intensos ojos celestes, reflejaba con nobleza el paso de los años, mientras sus cabellos blancos parecían guardar la memoria de generaciones enteras de niños cruceños. Y entonces comenzó algo más que una conversación: fue un reencuentro entre la madre y la maestra que habitan en el recuerdo de un niño.
Con voz firme y serena, evocó aquellos cantos que enseñaba a sus alumnos, convencida de que el aula debía ser la continuación del hogar. Hablaba del cariño que los niños sentían por sus maestras, de la educación como un acto de afecto, disciplina y formación espiritual.
Aquel año de 1960 había significado para mí un gran cambio. Mi madre se trasladó desde Puerto Pailas a Santa Cruz, porque los trabajos del puente sobre el Río Grande estaban llegando a su final. La empresa Techint, constructora de aquella gran obra que transformó el desarrollo regional y dejó también la huella del diseño de los anillos de la ciudad, concluía su labor. Su representante era el Ing. Bonino, cónsul de Italia en Santa Cruz, y entre sus colaboradores se encontraba mi padre, Pietro Colanzi, llegado pocos años antes desde Italia.
Una nueva vida comenzaba entonces para nuestra familia.
Nuevos amigos llenarían mi existencia hasta el día de hoy: las familias Vega, Aguirre y tantas otras, cuyos juegos, alegrías y tristezas quedaron sembrados para siempre en mi memoria. La calle Aroma pasó a convertirse en el escenario de mi infancia.
Y en medio de aquel tiempo de cambios, vacíos y descubrimientos, apareció la figura luminosa de la profesora María Eugenia Antelo Salmón, cuya afectuosidad y didáctica llenaron en mí el deseo de seguir adelante y aprender. Su voz firme, creativa y profundamente enamorada de Santa Cruz estuvo presente en cada jornada de aquel inolvidable kínder de mi infancia.
La profesora recordaba también su cercana amistad con Gladys Moreno, cuya música hacía escuchar a sus alumnos. Entre todas las canciones, mencionó con emoción su favorita: “Y no viene el olvido”.
Habló asimismo de su distinguida familia. Recordó a su abuelo, Julio Salmón, y a aquella elegante señora, formada en Buenos Aires, amante de los buenos modales y profundamente caritativa, quien posteriormente se casaría con el prefecto de Santa Cruz, el General Serrano.
Entre sus recuerdos surgieron también historias entrañables, como el apoyo brindado por el Club de Leones de Santa Cruz, encabezado por don Arnaldo Saucedo, para construir el nuevo Kinder “Ana Barba”, ubicado posteriormente en la calle Bolívar, en terrenos vinculados a la iglesia de San Francisco. Años después, cuando regresaba del colegio “Basilio de Cuéllar”, recuerdo haber observado en aquel pasillo la cola móvil del león, símbolo inolvidable del Club.
Su amor por la música oriental venía desde la infancia. Su abuelita Celia Mercado Ortiz tocaba el piano, creando en el hogar un ambiente de sensibilidad artística y espiritual. Y el cariño que despierta la profesora no nace solamente de sus conocimientos, sino también de la nobleza de sus gestos. Recordaba, por ejemplo, cómo enfrentó a su esposo, el General Serrano —entonces Prefecto del Departamento y Comandante de la Octava División del Ejército— para exigir que el chofer de la familia se sentara a la mesa junto a ellos, en igualdad y dignidad.
También evocó un antiguo libro fotográfico de la sociedad cruceña, organizado por el prestigioso fotógrafo Vacapereira, cuya casa fotográfica se encontraba en la esquina de las calles Beni y Arenales. Allí aparecía ella, apenas con quince años, mirando al futuro con aquellos ojos claros y transparentes que todavía conservan la serenidad de otro tiempo.
Hacia el mediodía, la profesora, con la hospitalidad cálida y sencilla de las antiguas familias cruceñas, nos invitó un delicioso locro de gallina. Aquel aroma, profundo y familiar, parecía venir desde otra época, transportándonos a los locritos de antaño, aquellos que reunían a las familias alrededor de la mesa bajo la sombra de los patios antiguos de Santa Cruz.
Compartir ese almuerzo con ella fue mucho más que una comida: fue un viaje emocional hacia la infancia. Y cuando, con gesto maternal y cariñoso, colocó en mi plato una presa de gallina, sentí que el tiempo desaparecía por un instante. Era como volver a ser aquel pequeño niño del Kinder “Ana Barba”, acogido nuevamente por la ternura y el afecto de su maestra.
En aquella mesa no solamente se compartía un locro; se compartían recuerdos, gratitud y la continuidad invisible de los afectos que permanecen vivos a pesar de los años.
Este pequeño tributo está dedicado a una gran maestra, que junto a otras educadoras inolvidables —como la profesora Martha Mendieta, la profesora de música Celia, con su cabello enrulado, y la directora profesora Vaca— marcaron profundamente la vida de tantos niños cruceños.
Ellas fueron mucho más que maestras: fueron la continuidad moral y afectiva de nuestros hogares. Sembraron valores esenciales como la honestidad, el trabajo, el respeto y el amor por la tierra donde nacimos.
Pero este homenaje quiere ser también un mensaje para nuestra sociedad: valorar la educación de la infancia, porque es allí donde el corazón humano permanece más fértil para sembrar valores y conocimientos capaces de acompañarnos toda la vida.
En un mundo cada vez más competitivo y acelerado, recordar a maestras como María Celia Antelo Salmón, cuyos estudiantes querían estar “con la profesora ojos de michi”, es volver a comprender que la verdadera educación no solo forma intelectos: forma almas.

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